El reciente Informe de Desarrollo Humano del PNUD1 presenta un escenario de vulnerabilidad y riesgo de retroceso en los alcances logrados en América Latina. Los últimos 5 años se caracterizan por la acelerada y desigual transformación tecnológica, el deterioro de la interacción social, las limitaciones que el cambio climático impone a la región y un aumento de la incertidumbre que supera en un 50 % la media mundial.
En este contexto complejo de crisis superpuestas y fuentes de estrés interconectadas, el documento sugiere hacer de la resiliencia el elemento clave para traccionar el desarrollo en la región, entendiendo que el enfoque tradicional del progreso es insuficiente. La resiliencia es una habilidad sofisticada que incluye prepararse para lo desconocido, responder a las amenazas y recuperarse de la adversidad.
La mayor parte de la población en América Latina vive en lo que conocemos como “el aguante”. Alta tolerancia a condiciones precarias de vida material y vincular. En algunos circuitos dicha tolerancia se reviste de ideas como mérito, esfuerzo y voluntad. Esta posición
frente a la adversidad funciona cada vez más como rasgo de identificación y ordenador de la vida individual y social, particularmente en las nuevas generaciones.
El deslizamiento de sentidos entre aguante y resiliencia es habitual y conduce a considerar deseable la sobreadaptación para tolerar condiciones adversas por la vía de la insensibilización, la distracción, el aislamiento y la evasión, o bien, la competencia y eliminación del otro o de sí mismo.
El informe del PNUD también cita hallazgos en relación con la salud mental en el documento “Fuertes por fuera, luchando por dentro”2: 1 de cada 4 personas experimentará a lo largo de su vida un problema de salud mental. Las tasas de ansiedad y depresión en América Latina superan los promedios mundiales y afectan 1,8 veces más a las mujeres que a los hombres. Hay una relación significativa entre el uso de pantallas y alteraciones del sueño y el estado de ánimo. Las tasas de suicidio aumentan y son más altas en hombres que en mujeres.
Este es nuestro punto de partida: un cuerpo social agotado con la salud mental deteriorada frente a condiciones adversas que se perpetúan, sin la posibilidad de detenerse, tomar perspectiva y producir respuestas adecuadas.
La resiliencia es un proceso, toma tiempo y está sujeta a condiciones de mínima estabilidad y cuidado. La progresiva recuperación de la salud es necesaria para el desarrollo de esta habilidad. De otro modo, seguirá siendo aguante, reacción a corto plazo que no transforma la realidad.
Revitalizar los vínculos, rehabilitar la potencia y el deseo vitales como individuos y comunidades supone que exista un margen para hacerlo, tiempos y espacios donde el cuidado, la interdependencia y la reciprocidad amortigüen la presión. Margen para comprender y aceptar que las antiguas estructuras, funciones y roles se han desdibujado (la familia, la escuela, el papel del Estado), salir de la perplejidad y el temor y poder imaginar nuevas formas de interacción social y nuevos proyectos de felicidad humana.
¿Cómo creamos ese margen?
¿Por dónde podemos empezar la transición hacia una verdadera capacidad de agencia por parte de personas y comunidades?
¿Es el proyecto histórico del progreso material el que mejor nos representa como región?
¿En qué otras direcciones podemos imaginar nuestro desarrollo?
¿Cómo pasar del aguante a la verdadera resiliencia?


